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Lalibela en el Día del Entusiasmo

Posted by addisethiopia on March 15, 2015

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La escena es bíblica. Los rostros, el ropaje, los rezos, los cánticos, el fervor, el entorno grandioso de montañas peladas: uno se siente proyectado en medio del Antiguo Testamento. Los fieles, por millares, están esparcidos por todas partes, algunos sentados, otros de rodillas, otros tumbados. Casi todos, ellos como ellas, llevan un gran manto blanco que cubre por completo sus cuerpos escuálidos. Los hay que rezan, los hay que cantan y dan palmas, los hay que conversan en voz baja. Algunos vinieron en familia, con los niños correteando, otros en pareja, otros en grupos de amigos. Forman unos círculos concéntricos en torno a la carpa blanca que alberga lo más preciado, lo que vinieron a venerar: los tabot. Es decir, los cofres que encierran una copia de la sagrada Arca de la Alianza. Hechos de mármol, de alabastro o de madera de acacia, equivalen al tabernáculo de las iglesias católicas. Por la mañana, unas procesiones los han traído con gran pompa hasta aquí desde los diferentes templos de la ciudad. Y ahora, durante una larga noche de vigilia, toca venerarlos. Un vistazo furtivo al interior (una curiosidad excesiva provoca murmullos de desaprobación) permite divisar, debajo de la lona, los diferentes cofres, todos cubiertos herméticamente de telas adornadas de ricos bordados: y es que un tabot jamás puede ser visto por los ojos de los mortales.

En otra carpa, unos sacerdotes de pie en círculo cantan, acompañados de tambores y címbalos, una melopeya que parece no tener fin. A cada escalón de la jerarquía eclesiástica corresponde un vestido distinto: los hay con un manto blanco subrayado por bordados de un rojo intenso, con vistosas capas negras, con casullas de múltiples colores ricamente ornamentadas, con vistosos turbantes blancos, con tiaras espectaculares que casi parecen cascos de gladiadores. Varios llevan un cetro en el que se apoyan para aliviar esta larga vigilia. El ambiente es místico, intenso en medio de la suavidad penetrante de las voces. El canto acaba envolviendo al visitante, embriagándole.

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Tras una noche de fervor empieza, de madrugada, la parte central de la ceremonia. Los sacerdotes, blandiendo unas grandes cruces griegas, se acercan con mucha ceremonia a una piscina cercana en forma de cruz. Le dan lentamente la vuelta, antes de bendecir el agua con un hisopo, en medio de los cánticos y entre olores de incienso. Y he aquí que el ambiente cambia de repente. Tras el letargo tranquilo, apacible de una noche de oraciones, tras estas horas de recogimiento, todos parecen agitarse al mismo tiempo. Se trata de ungirse como sea con esta agua ahora bendita. Todos se atropellan para llegar a la piscina sagrada, un bidón o una cantimplora en la mano para echarse el preciado líquido encima de la cabeza. Hasta que unos ayudantes vestidos con un chubasquero de un verde intenso cojan unas mangueras y empiecen a rociar generosamente a los fieles. Chicos o chicas, jóvenes o ancianos, se empujan para colocarse en el trayecto del agua. Los regadores parecen pasarlo en grande, tanto como estos grupos de jóvenes ya empapadas que corren detrás del flujo de agua para mojarse todavía más.

Estamos en Lalibela, en el corazón de las montañas etíopes, a 2.600 metros de altura: lugar famoso por sus iglesias rupestres y considerado como sagrado por todos los etíopes (la mayor parte de sus habitantes tienen algún pariente vinculado al clero). Y sitio ideal, por tanto, para contemplar, o más bien vivir intensamente, el timkat, la ceremonia religiosa más importante del año para la Iglesia ortodoxa del país, que celebra, a finales de enero, local.

Entre cánticos

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Tras el caos alegre de las mangueras vuelve la religiosidad. Con gestos de un respeto extremo, los sacerdotes, que han ayunado durante 24 horas, empiezan a retirar de la carpa, uno tras otro, los tabot siempre ocultados a la vista por unas telas, y se los ponen sobre la cabeza. Es el momento cumbre de la ceremonia: de la muchedumbre emana una sensación de fervor intenso, mientras vuelven los cánticos. La voz de un sacerdote que amplifica la megafonía se hace lastimera, implorante: casi un lloro que parece contagiar de una irresistible tristeza a los presentes. Muchos leen la Biblia de manera frenética y ferviente (por más que algún que otro teclee el móvil al mismo tiempo), sin dejarse distraer por los niños que juegan a perseguirse en medio de la muchedumbre. Los sacerdotes de capa negra, alineados en filas, se balancean lateralmente, hasta que su línea ondulante empiece a alternar avances y retrocesos, en una progresión de una lentitud infinita. Más alegres, unos niños vestidos de un azul marino chillón o de amarillo abren el cortejo: cantan y baten palmas con entusiasmo mientras los reciben los ululatos de los fieles, los aplausos de la gente y los sonidos de unas pequeñas cornetas previamente distribuidas entre el público. Fervor y entusiasmo se mezclan cuando el cortejo se pone en marcha, bajo el sol abrasador del que los sacerdotes se protegen con enormes paraguas de todos los colores.

 

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